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domingo, 2 de noviembre de 2014

RELATO: Oscura presencia - C. J. Benito

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Inauguramos esta sección, con un regalo de la mano de mi amigo, el escritor C.J. Benito. Se trata de un relato erótico-paranormal, que me ha cedido para publicar en esta sección en el blog y que espero, os haga disfrutar tanto como a mí. Gracias Carlos.
Si quieres conocer los trabajos de este fantástico autor, solo tienes que pinchar AQUÍ  

Oscura presencia

Delia se quedó dormida en la estación, acurrucada junto a su equipaje, el autocar se había averiado y no conseguían otro de sustitución. Después de más de seis horas, los incómodos asientos negros resultaban algo más apetecibles, abrió los ojos y comprobó con alivio que su enorme maleta color vainilla y el resto de bolsos seguían con ella. El conductor del autocar estaba gritando que los pasajeros con destino a New York podían subir al autocar.


Aún aturdida por el sueño agarró los bolsos y tiró de la pesada maleta por la vacía estación de autobuses. El conductor le ayudó a meter su equipaje en las entrañas del vehículo, de mala gana subió las pequeñas escaleras y se acomodó en su estrecho asiento. No podía creer que hubiera pillado a Gabriel en la cama con otra, el muy bastardo le había pedido matrimonio. Asqueada de la vida y de los hombres, cerró los ojos y trató de dormir, el viaje sería largo.

A las doce de la noche el autocar aparcó en la estación de autobuses de New York, Delia recuperó su equipaje y tomó un taxi hasta su apartamento en la torre Lein. El tráfico era denso aún a esas horas, por lo que le pareció increible cuando por fin llegó a su apartamento y soltó el equipaje en el salón.

Caminó hasta la nevera y sacó un refresco de cola, tiró de la anilla y le dio un sorbo, estaba sedienta.

¡Puñetero Gabriel!

A primera hora de la mañana, Delia se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, le gustaba contemplar la ciudad a esas horas, su edificio era de los más altos, lo que le permitía una vista privilegiada. Podía ver las luces de los acristalados rascacielos, la iluminación de la ciudad llena de tonalidades azules, amarillas y naranjas que contrastaban con el amanecer.

Una ciudad bella que ya no le resultaba tan acogedora, se sentía destrozada, sin vida, cuando todo parecía prometer una vida feliz junto al hombre perfecto... ahora no tenía nada, ni siquiera le quedaban fuerzas para seguir adelante, ¿para qué?

Después de tomar un café bien cargado, tomó el ascensor hasta el parking y caminó por el asfaltado suelo en dirección a su trastero. Abrió la puerta y contempló su moto por unos instantes. Era domingo y no tenía que ir a trabajar por lo que disponía de campo libre. Se montó sobre la moto, introdujo la llave y encendió el motor que no tardó en responder con un agradable ronroneo. Abandonó el parking como una exhalación y surcó las calles a toda velocidad, ya no sentía ningún temor por sufrir un accidente a decir verdad lo deseaba, acabar de una vez con una vida sin sentido.

Pasó el resto del día conduciendo la moto de un lado a otro, se acercó a un restaurante y se detuvo junto a la fachada de la vieja fábrica de cartón. Desde allí podía ver a las parejas que disfrutaban de un agradable y romántico almuerzo. Sentada en su vieja Harley frotándose las manos con nerviosismo, sintiendo el calor que le proporcionaban sus pantalones de cuero frente a su camiseta de manga corta. Los miraba con envidia, ella podía haber disfrutado de esos placeres pero ahora estaba sola. Entre lágrimas condujo la moto de regreso al apartamento, no se molestó en guardarla en el trastero, la dejó apoyada contra una pared y tomó el ascensor. No podía dejar de llorar, parecía una tonta colegiala pero era incapaz de dominarse. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron corrió hasta su apartamento, sacó la llave, abrió la puerta y entró. De repente todo le parecía desconocido, nada le resultaba familiar, nada... una idea cruzó su mente. Caminó hasta el cuarto de baño y llenó la bañera, luego cogió una maquinilla de afeitar que solía usar para repasarse las piernas y la desmontó. Allí estaba ella, contemplando la cuchilla de metal que parecía brillar con la luz del baño. Se desnudó y se introdujó en la bañera. El agua estaba caliente, ese sería su último momento de paz. Agarró la cuchilla y se practicó un corte en cada muñeca, luego dejó caer las manos dentro del agua que no tardó en mancharse con su sangre.

Poco a poco se sentía más débil y un sueño agradable parecía querer apoderarse de ella. Un extraño humo negro surgió de la nada y poco a poco se fue condensando, Delia lo observó con curiosidad hasta que perdió el conocimiento.

El humo fue ganando consistencia hasta acabar formando un cuerpo de aspecto humano. Un hombre de pelo castaño apareció en mitad del baño, mirándola con ojos fríos. Su cuerpo musculoso estaba cubierto con un chaleco de cuero negro que dejaba ver su definido torso y un pantalón también de cuero de idéntico color. Sus botas militares producían quejidos en el suelo de madera a cada paso que daba. El hombre miró con sus ojos grises a Delia que parecía dormida, introdujo el dedo índice de su mano derecha en el agua de la bañera y rápidamente toda la sangre derramada empezó a regresar hasta las muñecas de ella, las heridas desaparecieron y lentamente Delia abrió los ojos.

No podía creer lo que veía, ¿quién sería ese hombre de aspecto feroz que la miraba con ojos lascivos?

Sal de la bañera y acompáñame. —ordenó el extraño.

Delia obedeció sin poder creer lo que estaba haciendo pero por alguna razón se sentía incapaz de desobedecerle.

El hombre la cogió de la mano y la llevó hasta la cama donde sin ningún pudor se despojó del chaleco y abrió la cremallera de su pantalón.

Ya sabes lo que tienes que hacer.

Delia se sentó en el borde de la cama invadida por un fuerte deseo que la inducía a hacer lo que jamás creyó capaz de poder hacer. Introdujo la mano en el pantalón de aquel hombre y sacó su miembro, luego se lo llevó a la boca y lo succionó con los labios, jugando con su lengua y disfrutando con él. Aquel hombre echó la cabeza hacia atrás, mostrando sus dientes blancos y una expresión de placer.

Continuó lamiendo su miembro hasta que él la apartó con brusquedad, la miró con ojos impenetrables como si algo lo turbara. Desabrochó su cinturón y el botón del pantalón, se deshizo de las botas y del resto de la ropa con una rapidez inquietante, como si la ropa se desprendiera de su cuerpo sin necesidad de ser retirada.

Agarró a Delia por los hombros y la empujó con fuerza haciéndola caer sobre la cama. Con un gesto felino, saltó sobre ella y por unos segundos sus miradas se cruzaron. No había amor en esos ojos, solo frialdad y un oscuro deseo.

Con un gesto de sus manos la indujo a mover las piernas para dejarle vía libre hacia su sexo. Delia se ruborizó, no entendía por qué era tan sumisa. El extraño se deslizó entre sus piernas y acercó su suave rostro hasta frotarlo contra su sexo húmedo y deseoso de atención. Su lengua acarició tan delicada zona con gran maestría, provocando que ella soltara un gemido de placer que se incrementó al sentir sus caricias sobre su clítorix.

¿Te gusta lo que te hago?

Delia no podía contestar, estaba avergonzada, no entendía el efecto que aquel hombre provocaba en ella ni qué hacía en su apartamento, lo último que recordaba fue ese humo negro en el baño.

¡Responde a mi pregunta! —gritó el extraño.

Sí.. me gusta. —respondió ella casi en un susurro.

El hombre aumentó la presión de su lengua y ella se estremeció arqueando su pelvis mientras sus manos acariciaban el pelo de aquel extraño que la estaba colmando de placer. No pudo más... el orgasmo parecía querer partir su cuerpo en dos, jamás había sentido nada tan intenso.

No creas que esto ha acabado. —dijo el extraño sonriendo mientras se tumbaba sobre ella y la penetraba con fuerza.

Delia no podía entender nada, su cuerpo reaccionaba a sus embestidas con oleadas de placer que la agitaban con fuerza, su corazón latía desbocado y sus brazos se aferraron a la espalda de aquel hombre. Era ella pero no actuaba como ella era en realidad. El hombre se giró y la arrastró en su giro, quedando ella sobre él.

Múevete y dame placer. —ordenó aquel hombre que ahora acariciaba sus pechos con delicadeza, masajeándolos mientras con la punta de sus dedos apretaba sus pezones erectos.

Delia gemía mientras se movía con fuerza sobre él, sintiendo su miembro cada vez más dentro como si este creciera en su interior hasta llenar su vagina por completo. Sintió un fuerte orgasmo y una sonrisa se dibujó en la bella cara de aquel hombre que por primera vez parecía mostrarse menos frío. Ella se dejó caer a un lado pero él no parecía dispuesto a dejarla descansar, se pegó a su espalda y la penetró de nuevo. Era imposible, ¿cómo podía su cuerpo seguir deseándolo? Su sexo cada vez más lubricado volvía a estar excitado y con cada nueva penetración su boca liberaba un gemido. Aquello no podía ser real. El extraño posó su mano sobre su clitoríx y lo acarició con suavidad dejando que sus dedos la torturaran y la llevaran a alcanzar nuevas cotas de placer. Delia estaba a punto de sentir otro orgasmo y cuando este llegó pudo sentir como aquel hombre experimentaba su propio climax.

El extraño la giró hacia él, Delia se recostó sobre su pecho masculino, exhausta y satisfecha. Él la abrazó con delicadeza, aspirando su olor como si de la mejor fragancia se tratara. Delia se quedó dormida envuelta por una paz que no creía ni que pudiera existir.

De madrugada, abrió los ojos sobresaltada. Estaba en el claro de un bosque, la luna iluminaba tenuemente y frente a ella estaba él, mirándola con ojos dulces aunque extraños.

Delia contempló con asombro que llevaba puesto un vestido rojo de raso, no entendía cómo había llegado hasta allí y desde luego ese vestido no era suyo. El extraño se acercó a ella, la abrazó y la besó. Ella no podía entender nada, no podía apartarse de él y mucho menos rechazarlo, de alguna forma él era su dueño.

Tienes una nueva oportunidad. Olvida a Gabriel y busca a otro hombre, no desperdicies tu vida porque no habrá más oportunidades.

¿Quién eres? —preguntó Delia.

El hombre se alejó de ella y la miró sonriendo.

¿Volveré a verte? —preguntó Delia que ya asumía que aquello era una despedida.

Sí. Pero espero que sea dentro de muchos años. Vive, sé feliz y lleva una vida que merezca la pena.

El hombre se alejó de ella y una bruma negra comenzó a cubrirlo, una túnica con capucha cubrió su cuerpo. Su bello rostro se demacró ante los ojos de Delia que contempló horrorizada como su cara se transformaba en una calavera blanca y luminosa. De su mano brotó un bastón que creció varios metros y de este surgió una hoja de metal de aspecto afilado.

El extraño hombre que le había salvado la vida, que le había amado como nunca un hombre sería capaz de amarla, no era otra cosa que la mismísima muerte.

Aquel ser espectral alzó la guadaña y golpeó el suelo con el extremo del mango de madera, Delia quedó cegada por una fuerte luz, cuando pudo abrir los ojos estaba en la bañera y junto a ella en el borde de esta se encontraba la cuchilla.

Por unos instantes creyó que todo fue un sueño pero cuando miró el espejo del cuarto de baño, unas letras empezaron a escribirse con una sustancia que parecía sangre.

"No habrá otra oportunidad"

Delia se quedó mirando el espejo desconcertada pero dispuesta a seguir el consejo que la muerte le había dado.

Luchar por vivir una vida llena de felicidad.

4 comentarios:

  1. Muy bueno. Estremecedor, me gusto la visita de la muerte, muy productiva, jijiji. Me encanta como escribe CJ Benito.

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  2. Me ha encantado , eres único escribiendo no cambies nunca CJ Benito

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