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sábado, 7 de febrero de 2015

RELATO: AROMA - Clover

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Hoy os traigo un nuevo relato, gracias a Clover, que como ella misma nos cuenta en su blog El cuaderno de Clover, es una escritora romántica empedernida y apasionada de las historias de amor, que escribe pequeñas historias para entretener. Te recomiendo visites su espacio y disfrutes de la gran cantidad de relatos que allí nos ofrece.

 
AROMA


I.ELLA

http://www.elconfidencial.com/fotos/ocio_2011/2011082651ameliecafe498.jpgBrigid se encontraba preparando una taza de café expreso para su cliente habitual. Cuando se cercioró que la máquina estaba lista movió la maneta para que el líquido empezara a fluir y poco a poco el café humeante llenó la pequeña taza de porcelana marrón.

—Aquí tiene —le dijo a ese chico que empezaba a resultarle habitual. Siempre pedía un café expreso a las tres en punto, se sentaba en una mesa alejada junto a su portátil y se pasaba dos horas en el local. Ella se preguntaba qué haría en ese ordenador porque desde detrás de la barra no alcazaba a verlo.

—Gracias —le dijo con una sonrisa aceptando su taza.

Siempre era muy educado. Aunque cubría su cabeza con una capucha, se mostraba agradable y afectuosos. En un principio Brigid hubiera esperado un chico reservado o arrogante pero desde el día que lo había visto sonreír le pareció amable. Tenía los ojos marrones con unas negrísimas y largas pestañas que le llamaron especialmente la atención escondidas bajo esas gafas de pasta negra que usaba frente a su portátil. Como siempre llevaba una sudadera con la capucha puesta no podía estar segura del color de su pelo, sospechaba que sería negro.

—¿Necesita algo más? —le preguntó Brigid.

—Un sándwich de salmón, por favor —ese era su favorito, por lo general lo pedía siempre aunque el de atún también le gustaba.

Él le pagó el importe exacto y se dirigió a su habitual mesa. Ella se quedó observándolo cómo dejaba su bandeja en la mesa, se quitaba su mochila y sacaba su portátil gris que lo conectó a una fuente de alimentación cercana y lo encendió. Así se pasó esas dos horas tecleando enfrente de su ordenador. Ella lo espiaba siempre que podía, le parecía alguien muy intrigante escondido tras esa capucha oscura con sus gafas. Se preguntaba qué nombre tendría y qué haría exactamente día tras día allí.

 II. ÉL

Dagda se dirigía como cada tarde a esa cafetería llamada Aroma. En realidad el café no le importaba, era cierto que los sándwiches eran excelentes pero esa no era justificación suficiente para que se pasase día tras día alimentándose a base de salmón y atún. Aquello ya resultaba vergonzoso, se había pasado más de un mes acudiendo a esa cafetería sólo para verla. Antes de entrar siempre se aseguraba que estuviera, entonces sonreía y entraba realizando su pedido. Ella siempre se mostraba adorable y alegre, de hecho así era su propia naturaleza. Él no podía evitar sonreírle al ver como se esforzaba en cada pedido. La primera vez que la había visto le pareció preciosa, era una chica alta con una larga melena castaña que siempre llevaba recogida en una trenza. Tenía unos ojos castaños como el chocolate, muy grandes y expresivos. Siempre se sonrojaba al atender a un nuevo cliente así que había supuesto que era bastante vergonzosa. De hecho, ella siempre parecía inquieta, su tono de vez era suave y muchas veces los clientes le hacían repetir lo que les decía. Él sabía que se llamaba Brigid, un cartelito pegado en su uniforme así lo indicaba, pero a esas alturas debería hacer algo, ya no encontraba más excusas para pasarse dos horas diarias frente al ordenador de esa pequeña cafetería, de hecho la conexión a internet allí era horrible, debería afrontar la realidad y arriesgarse.

III. AMBOS

Brigid terminó su turno a las nueve en punto, ese día había resultado agotador. Habían acudido bastantes clientes todos con prisa y pidiendo cafés para llevar. Se despidió de sus compañeros de trabajo y se dirigió hacia su casa. No le gustaba demasiado andar a esas horas sola por la ciudad pero no tenía otra opción. Su casa se encontraba cerca, lo suficiente como para no tener que tomar el transporte público, tardaría más o menos quince minutos andando.

Nada más emprender su camino a casa, notó como alguien la estaba siguiendo. Al principio no le hizo caso pero después de varios minutos siguiéndola empezó a alarmarse. Brigid tomó la siguiente calle girando a la izquierda con la esperanza de despistarlo, pero fuera quien fuera el extraño la siguió por su misma ruta. Entonces rebuscó ansiosa en su bolso el teléfono móvil, siempre le quedaría la llamada rápida de emergencias. Siguió andando a más velocidad intentando mantener la calma, aunque lo que más deseaba en ese momento era correr. En esos momentos Brigid notaba su corazón desbocado al límite, con unas desesperadas ganas por llegar a su casa.

Por fin, después de unos minutos que le parecieron eternos, se encontraba en la calle de su hogar y empezó a buscar frenéticamente sus llaves para entrar lo más rápido posible al vestíbulo. Escuchó el leve tintineo de un para de llaves en su bolso y las sacó con urgencia. Ya no podía soportarlo más, arrancó a correr por la calle dispuesta a encerrarse por fin en casa. Intentó abrir su puerta con tan mala suerte que no logró meter bien la llave en la cerradura, las manos le temblaban como locas y sentía su corazón a punto de salírsele por la boca. Mierda, pensó, quiso patear esa maldita puerta hasta tirarla al suelo.

—Hola —escuchó una voz masculina detrás suyo. En ese momento ella se heló.

Intentó meter la llave de nuevo para abrir la puerta y dejar al desconocido fuera, pero sus manos seguían temblando con tal intensidad que no logró encajar su llave en el orificio. Brigid empezó a llorar asustada, de hecho al principio fueron unos hipidos incontrolables. Sentía como tanta angustia y miedo le oprimía el pecho. Quien fuera el monstruo que se encontraba tras ella le tocó el brazo. Ella se apartó rápidamente gritando.

—¡No me toques!

—No quiero hacerte daño —le dijo la voz masculina.

Ella no lo creyó, un hombre siguiéndola a esas horas no pintaba nada bien. Llevaba una sudadera negra con una capucha, el típico delincuente acosador—.¿No me reconoces?

—No —le dijo fijándose mejor en él, pero entonces Brigid enmudeció, claro que lo reconocía, era el chico de la cafetería, el que cada tarde acudía con su portátil.

—Lo siento, no quise asustarte —le dijo sonriéndole un poco. Tendió su mano para secarle una lágrima que se le había escapado del rostro —.Soy una persona normal, ¿ves? —le dijo sacándose la capucha.

Por primera vez Brigid pudo verle su hermoso cabello. Ella tenía razón, su cabello era corto y completamente negro. Se le veía guapo sin esa capucha tapándole el rostro. Como además se había quitado sus gafas, sus ojos le brillaban intensamente bajo una débil farola. Ella le sonrió tímida.

—Así me gusta —le dijo él. Brigid logró tranquilizarse un poco empezando a sentir otra desconocida emoción nerviosa —.Te preguntarás por qué te he seguido —le dijo algo incómodo. Él tan solo se acercó a ella y la besó en el portal de su casa.

Al principio Brigid se sorprendió, no supo qué hacía hasta que el calor de ese hombre empezó a llegarle. Lo siguiente que notó fue la suavidad de sus labios, la forma tan delicada de besarla como si pudiera romperla. Olía a una fragancia sutil pero adictiva que le pareció que reflejaba su personalidad. Entonces él poco a poco se apartó con ese torpe beso, completamente avergonzado y con las mejillas algo encendidas por el calor. Ella imaginó que estaría igual, aún sentía su cara húmeda e hirviendo.

—Ni siquiera sé tu nombre —le dijo ella absolutamente perdida.

—Me llamo Dagda.

—Yo Brigid.

—¿Puedo verte mañana en la cafetería? —le preguntó él sin atreverse a mirarla.

—Claro.

—Hasta mañana, entonces —él se colocó su capucha negra de nuevo y empezó a andar por la calle. Brigid se quedó fijamente mirándolo mientras se perdía en la calle. Se tocó sus labios aún calientes con sus manos y se preguntó qué esperaría de ella. Le había gusta mucho ese beso y le gustaba mucho más ese chico, Dagda, había dicho que se llamaba. Sacó sus llaves de nuevo y ahora al fin pudo abrir su puerta, se alegraba completamente de haberla mantenido cerrada si eso significaba haberlo conocido.

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