Que a Julián le atacaran unos malhechores en mitad de la noche podría
ser lo mejor que le ha ocurrido en la vida. Su destino queda sellado
cuando una figura misteriosa, aunque con voz y contorno definitivamente
femeninos, acude en su ayuda.
Entre los talentos que Julián valora en una dama no figuraba hasta
ahora el que fuera una experta lanzadora de cuchillos. Antes de
desaparecer ha dicho llamarse Diana; y pese a su antifaz —el suceso
tiene lugar durante los carnavales—, Julián ha quedado cautivado por sus
ojos. ¿Cómo podría encontrarla otra vez?
Catalina de Velasco no es indiferente a los juegos amorosos. Prefiere
que continúen siendo eso, juegos. No quiere un marido ni lo necesita.
El que fue su primer pretendiente —Felipe, el relamido marqués de
Monteseco— ya le enseñó casi todo lo que cabe esperar de los hombres.
Ahora Felipe se empeña en reaparecer en su vida: sus besos pueden ser
sugerentes, pero no consiguen que a ella se le debiliten las rodillas.
Eso solo le ocurre en presencia de un hombre irresistible que, a su
vez, parece sentirse atraído por Catalina. Su nombre es Julián. El
problema es que Catalina ya tuvo un encuentro con él, amparada bajo una
identidad falsa. Para seducirlo tendrá que decidir si quiere ser ella
misma… o si prefiere desplegar sus habilidades como la implacable Diana.


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