Betsy Tilman siempre tiene razón. O quiere tenerla. O cree que la tiene.
En todo caso, nunca da el brazo a torcer. Salvo honrosas excepciones:
el viaje a las tierras del vizcondado de Torrington, donde vive su mejor
amiga, Connie Flint, la actual vizcondesa, que está a punto de dar a
luz, es una de las raras ocasiones en que deja de lado el criterio
propio. Accede a viajar junto al hermano de Connie, su empleador, a
pesar de que poco tiempo pueden estar sin gritarse.
Betsy Tilman,
cabe aclararlo, es una mujer decidida, con ideas de avanzada para el
siglo xix, pero, sobre todo, independiente: desde muy joven ha tenido
que ganarse la vida y adora la libertad que le otorga no depender de
otro. Y, a pesar de las constantes discusiones con Matthew Flint, no
deja el empleo bajo su tutela, porque se ha encariñado con el resto de
los miembros de la familia. O eso dice.
En el viaje, para evitar
los altercados continuos, ambos urden una apuesta: el que se irrite con
el otro deberá pagar una prenda. Los resultados de esa nueva situación
son tan imprevistos como la historia de la bestia que asola los bosques
del condado de Torrington, que escuchan al llegar.
Entonces, las
cosas se precipitan: la desaparición de Betsy, el esfuerzo denodado de
Matthew por encontrarla, un casamiento imprevisto e hilarante, el deseo
del uno por el otro, un nacimiento, una nueva desaparición y el misterio
insondable del monstruo que acecha la vida de todos.


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