Y Roland St. Marten no podía imaginar un infierno peor que tener que supervisar el castillo de Lelleford. Su dueña y señora lo trata no como a su protector, sino como a un huésped no deseado. El enfrentamiento es inevitable, y el amor que, en medio de sus agrias discusiones, empieza a surgir entre ellos, también. Pero ¿cómo podrá Roland ser fiel a su rey y, al mismo tiempo, seguir los dictados de su corazón?


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